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Trabajadores con talento
José Enebral Fernández
Se lleva mucho tiempo hablando del talento directivo,
y parece oportuno añadir asimismo reflexiones
sobre el talento técnico: sobre la disposición
innata que ha conducido por sus trayectorias curriculares
a no pocos de los profesionales de la economía
del saber. Conviene detenerse en la singular reserva
de conocimiento intuitivo de estos trabajadores identificados
con su profesión, porque poseen una fluida conexión
entre el saber inconsciente y el consciente; una conexión
que puede marcar la diferencia, y contribuir de manera
decisiva al alto rendimiento y la innovación.
El lector conocerá otros significados asignados
al término que nos ocupa: en efecto, a veces
identificamos el talento con la inteligencia, o lo vinculamos
con la capacidad y el compromiso que nutren el rendimiento;
pero yo querría verlo aquí como una destreza,
actitud o habilidad especial que se muestra para determinada
actividad, y que parece construida sobre un singular
soporte innato. Sí: como si uno hubiera nacido
para eso. Se puede nacer para las artes, para la política,
para la religión, para organizar y dirigir, para
alguna especialidad deportiva y también -lo que
nos ocupará aquí- para alguna otra profesión
específica.
Se trata en efecto de profesionales que muestran una
especial vinculación vocacional con su actividad,
y que resuelven sus tareas de modo ágil, gozando
de un refuerzo intuitivo para su razón analítica;
que identifican las raíces de los problemas y
les dan solución efectiva; que emparejan la efectividad
y la satisfacción profesional; que parecen gozar
de una voz interior que guía sus pasos, una destreza
inusual, una perspectiva ventajosa. Son trabajadores
talentosos e intuitivos, de perfil autotélico:
viven su actividad como un fin en sí misma.
Se pensará que la intuición es un arma
de doble filo, o que lo importante es que seamos todos
competentes y aun excelentes, con o sin las visibles
destrezas innatas a que denominamos talento; sin embargo,
el profesional elegido por la naturaleza nace con una
ventaja, y, si desarrolla el potencial correspondiente,
puede alcanzar un rendimiento singular y contribuir
sensiblemente a la mejora y la innovación. Junto
a todo lo adquirido después, cuenta con un inconsciente
de base que, mediante la genuina fenomenología
intuitiva, va a hacer más efectiva su curiosidad,
su perspicacia, su creatividad, su perspectiva y su
buen juicio, en el desempeño vocacional. Confío
en que el lector comparta esta visión de la intuición
genuina del talentoso, tan valiosa en las iniciativas
innovadoras.
La novedad es el elemento clave de la era de la información
y el conocimiento, y de hecho hay expertos que apuestan
más por la expresión innovation worker
que por la de knowledge worker; vale por consiguiente
la pena profundizar en el perfil del profesional más
idóneo para la innovación. Los titulares
de la prensa económica señalan aquí
-en la innovación- una asignatura pendiente de
nuestra economía y habría que analizar
mejor por qué lo es; nosotros enfocaremos en
estas páginas la figura del trabajador con talento,
cuya creatividad se ve reforzada por una particular
intuición.
Aunque no pocos de los grandes avances técnicos
y científicos se han beneficiado del denominado
sexto sentido de investigadores muy reconocidos, no
hablamos aquí de ellos: lo hacemos de personas
más próximas a nosotros, que parecen vivir
su actividad con especial dedicación y responsabilidad,
como una misión íntima. Si prefieren dejar
el sonoro término -talento- para los casos más
llamativos o excepcionales, podemos hablar también
de vocación autotélica (de apego innato
a una actividad por sí misma, y no por el dinero,
o impacto en los demás, que pueda generar), y
vale la misma reflexión: el individuo cuenta
con una fluida conexión entre su inconsciente
heredado y su conciencia, es decir, con una singular
intuición, con una voz interior más facunda.
Se suele en efecto hablar de "talento" cuando
el logro o la actividad es más espectacular (arte
y deporte, sobre todo), y los observadores se asombran
o maravillan; pero cabe asimismo relacionar una buena
dosis del mismo con lo que más habitualmente
advertimos como fundamentadas vocaciones profesionales
en la niñez o adolescencia, persiste después
y se cultiva. Por ejemplo, disposición hacia
las máquinas, los números, alguna rama
de la ingeniería, la escritura, el diseño,
la física, el dibujo, la música, la docencia,
las relaciones públicas... De un niño
o niña que destaca en una disciplina, decimos
cosas como "le gusta...", "tiene talento
para...", "sin duda, vale", "tiene
madera", y en todos los casos estamos significando
que sobresale en una determinada actividad, que posee
una intuición fluida en ese campo. Es cosa bien
distinta de aquello más infantil: "de mayor
quiero ser...".
En verdad todo esto es más complejo, porque
el niño, en sus manifestaciones, puede estar
más motivado por el impacto que genera en sus
mayores, que atraído por un camino profesional;
pero el hecho es que algunas opciones profesionales
tienen un origen claramente heredado, endógeno,
y esto supone una diferencia frente a otros alistamientos
atraídos por las corrientes y oportunidades circundantes.
Hemos de aceptar, en efecto, que la infancia está
muy condicionada en su formación, y lo estamos
todos asimismo en el acceso a una carrera universitaria
y a un trabajo; de modo que el posible talento puede
quedar en ocasiones escondido o preterido: en algunos
casos, sólo cuando tienen la vida más
o menos resuelta, se dedican los talentosos a cultivar
sus dones...
Admitamos, sí, que favorables circunstancias
y un particular empeño puedan permitir a algunos
-sólo una parte de quienes llegan a la mayoría
de edad con una orientación profesional endógena-
desarrollar su aparente misión y dedicarse, quizá
dentro de una organización idónea, a la
actividad correspondiente; se trata, eso sí,
de una parte de trabajadores que vive su profesión
con especial intensidad, implicación, mindfulness
y compromiso, y que puede por ello contribuir a la innovación
de manera decisiva. Uno debe preguntarse si posee una
misión, un destino profesional, un purpose, una
íntima identificación con su trabajo...,
o si sólo desea ganarse el sueldo dignamente:
todo es legítimo, pero es distinto.
Sin duda, las empresas del saber habrían de
aprovechar todos los recursos de sus seres humanos y
catalizar para ello la expresión práctica
de los talentos y vocaciones disponibles; pero las reflexiones
aquí desplegadas se dirigen también a
los propios destinados por la naturaleza, por si contribuyeran
en algún caso al autoconocimiento y la mejor
gestión de sus facultades y fortalezas. El dotado
tendría, si se quiere ver así, una cierta
obligación moral con la sociedad; pero en la
práctica vive su destreza como una obligación
consigo mismo, con su disciplina profesional -a la que
es leal-, y esto, por cierto, podría causarle
problemas en entornos de mediocridad militante.
Tratemos de enfocar algunas posibles diferencias entre
el bien formado y competente trabajador (quizá
"notable" o "sobresaliente") del
saber, y este otro trabajador más talentoso (podría
llegar a la "matrícula de honor") a
que nos referimos, que se identifica más íntimamente
con su profesión, y ante la que despliega su
integridad y demás fortalezas personales.
Uno diría que hay empresas que, en consonancia
con los modelos de liderazgo y seguidismo que incorporan,
consideran suficiente el perfil de trabajador competente
que sigue. Apuntando sólo diez parámetros
seleccionados para destacar diferencias, veamos:
- Hace cursos de formación continua.
- Da por buena la información que maneja.
- Aplica el conocimiento disponible.
- Es un colaborador de su jefe-líder.
- Está extrínsecamente motivado.
- Es básicamente racional.
- Trabaja con diligencia y disciplina.
- Observa el salario como un fin.
- Acata el procedimiento y es políticamente correcto.
- Ha elegido su profesión.
Y abordemos ahora las observaciones paralelas que corresponderían
a los trabajadores más identificados con su profesión,
a quienes estamos atribuyendo talento innato, y en quienes
podríamos observar una mayor actitud innovadora:
- Practica el aprendizaje permanente.
- Revisa y contrasta la información que maneja.
- Establece conexiones, analogías y abstracciones:
crea.
- Persigue y alcanza metas y objetivos.
- Está intrínseca y autotélicamente
motivado.
- Concilia intuición y razón.
- Trabaja con esmero e integridad.
- Observa el salario como una consecuencia.
- Es un pensador crítico y mejora el procedimiento.
- Ha sido, en cierto modo, elegido por su profesión.
En esta descripción se percibe, rasgo a rasgo,
una diferencia por la que algunas empresas apuestan
decididamente. No es lo mismo asistir a todos los cursos,
en aula u on line, a que uno es convocado, que asumir
protagonismo y ser proactivos en el aprendizaje permanente;
no es igual dar por buena la información recibida,
que contrastarla debidamente y traducirla con rigor
a conocimiento aplicable; no es lo mismo seguir instrucciones
que perseguir objetivos que uno hace suyos
Habrá quizá algunas empresas que sólo
lo hagan de palabra, pero parece que las organizaciones
excelentes valoran en verdad a sus personas y catalizan
la presencia del segundo perfil, tal vez más
acorde con la plenitud del ser humano y con los retos
pendientes de productividad y competitividad. Dicho
de otro modo, hay directivos que facilitan la mejor
(más valiosa) expresión de sus dirigidos,
viéndolos como profesionales y sin excederse
en subrayar su condición de empleados, subordinados,
seguidores, colaboradores o recursos. En fin, el debate
estaría servido para posibles lectores interesados,
cuya visión particular enriquecería sin
duda estas reflexiones.
Si ha llegado usted hasta aquí, probablemente
conoce a alguien (si acaso no lo posee usted mismo)
con especial talento e integridad profesional -más
allá de sólida competencia- para sus tareas
técnicas; sin duda conoce, sí, a trabajadores
visiblemente autotélicos, a trabajadores vocacionales
que disfrutan con el esmero, que intentan superarse
a sí mismos, que parecen haber nacido para aquello,
que odian hacer chapuzas, que generan ideas valiosas,
que se identifican íntimamente con su actividad.
En las grandes organizaciones, ¿cómo los
ven los demás, como un valor, o quizá
en algún caso como una amenaza?
Tal vez haya todavía entornos poco dispuestos
a favorecer el despliegue del talento, del compromiso,
de la autotelia profesional... Por otra parte, no son
pocas las organizaciones que parecen mimar a sus directivos
-cuyo papel es incuestionable, aunque su ego dé
mucho que hablar-, y no parecen sentirse siempre tan
cómodas prestando atención al talento
o la pericia de sus trabajadores expertos. Quizá
bastantes empresas siguen pensando que el alto rendimiento
de un trabajador responde, sobre todo, al buen hacer
de su jefe-líder, y esta creencia deba ser revisada,
comprobada, en función de las relaciones jerárquicas
(es decir, del estilo o sistema de dirección
realmente desplegado).
Sí, sin duda el denominado talento directivo
atrae mayor atención y no faltan razones debido
a la indiscutible trascendencia de la función
directiva; pero tendríamos que asegurar siempre
que los indicadores del talento para la gestión
están bien identificados, en sintonía
con las funciones previstas para los directivos en cada
organización y departamento. Hay algo más
que algún éxito temprano, código
de indumentaria y culto a la imagen, y eso lo saben
bien las empresas; pero el hecho es que se habla públicamente
de falta de "calidad directiva" en nuestro
país, y quizá por eso se insiste tanto
en el imprescindible talento directivo.
Tal vez haya que revisar el papel del directivo en
la economía del conocimiento, y sobre todo en
cada realidad organizacional específica; tal
vez, en algún caso, haya que mejorar la aplicación
del tan postulado empowerment. No obstante, cabe pensar
que el negocio del desarrollo de directivos tenderá
a proclamar siempre la falta de "calidad directiva".
Pero volvamos nosotros al talento técnico de
los trabajadores y la contribución intuitiva.
Una intuición singular
Mediando la razón, la intuición genuina
constituye un valioso plus para la inteligencia; un
refuerzo que emerge en la comunicación, la solución
de problemas, la asunción de desafíos,
la toma de decisiones, la consulta de información,
la innovación y el desempeño mismo. Emerge
para nutrir nuestra perspicacia, empatía, perspectiva
sistémica, previsión, inspiración,
integridad, prudencia... Sin duda hemos de distinguir
la intuición de sucedáneos tales como
los prejuicios, deseos, temores, improvisaciones, conjeturas,
etcétera; pero la intuición auténtica
es un regalo, aunque no dejemos de insistir en que debe
conciliarse con la razón.
En la práctica, la intuición viene a
aprovechar el conocimiento inconsciente o menos consciente,
ya sea heredado, o sea adquirido durante la percepción
de los sentidos. Más que como un sexto sentido,
debería ser vista como un refuerzo a la vista,
al oído, etc., como un refuerzo, en suma, a la
inteligencia. Sin descartar otras fuentes de que puede
nutrirse, la intuición viene, sí, a aprovechar
todo aquel conocimiento que poseemos pero cuya existencia
no nos consta. No sabemos por qué lo sabemos,
pero de repente, súbitamente, tras un periodo
de incubación, surge la respuesta esperada -la
idea, la solución, el mensaje, la clave- y lo
hace con marchamo de autenticidad.
Otras veces, en tiempo real, algo nos mueve a confiar,
o desconfiar, de algo o alguien; o elaboramos una repentina
inferencia no contemplada antes; o encontramos una repentina
conexión o abstracción valiosa que enriquece
nuestro análisis; o una casualidad nos abre un
nuevo camino; o nos sentimos especialmente inspirados:
nos cunde, todo nos sale bien, fluimos. La intuición
es plural en sus manifestaciones y en sus fuentes, e
incluso en su significado; pero recordemos: no es intuición
todo lo que reluce.
No resultaría suficiente decir que el talentoso
nace con la inteligencia especializada, o sea, con alguna
de sus dimensiones especialmente brillante; o decir
que se trata de una persona de hemisferio derecho dominante,
muy intuitiva. Hay algo más: en su inconsciente
heredado se atesora, en forma cifrada, un cierto tesoro,
un singular saber hacer para cuya materialización
se precisan las claves de la razón consciente.
En el individuo y por motivos diversos se crea una cierta
adicción a la actividad para la que está
dotado, y hacia ella orienta sus sentidos y su atención.
En el desarrollo de su potencial, se produce un intenso
y autotélico aprendizaje que nutre la conciencia
y el inconsciente.
Así las cosas, la conciencia acaba contando
con un sólido conocimiento explícito y
no tan explícito, y a su vez el inconsciente,
entre lo heredado y lo adquirido, atesora una reserva
valiosísima que generará importantes contribuciones
intuitivas. El dotado (no estamos hablando de los denominados
"superdotados") no nace con el certificado
o diploma correspondiente, pero sí con una ventaja
competitiva individual en actividades específicas
(quizá más de una). Curiosamente, y quizá
relacionado con lo que decíamos de la influencia
del entorno sobre el niño, a veces se hacen tardíos
descubrimientos del talento o la vocación: más
vale tarde que nunca.
Intención, atención,
intuición y actuación
Si sigue el lector ahí, tomemos perspectiva:
ubiquemos ahora la intuición en un círculo
virtuoso. Hagamos un repaso por algunas de las variables
más cardinales en nuestro desempeño cotidiano:
la intención, la atención, la intuición
y la actuación. Con los mismos conocimientos,
habilidades, facultades y fortalezas, hay elementos
que nos distinguen claramente a unos de otros; entre
ellos, los cuatro puntos cardinales citados. En beneficio
del mandato délfico, hagamos unas comprobaciones.
Compruebe que sus metas e intenciones (el norte) están
alineadas con la lealtad a su profesión, y no
adulteradas por otros intereses, desvirtuadas por el
entorno funcional, o diluidas en un exceso de doctrinas
y liturgias organizacionales; observe si gestiona usted
su atención (el este), de modo que, sin perder
de vista las metas comprometidas, se concentra suficientemente
en cada tarea con el esmero que le caracteriza, sin
olvidar la mejora continua y la innovación; cuide
de penetrar en cada tarea, en cada reto, porque la intuición
(el sur), antes o después, le hará llegar
mensajes: escúchelos, descífrelos y someta
su contenido al asentimiento de la razón; examine
si su actuación (el oeste) se beneficia, se enriquece,
con el virtuoso tándem del conocimiento intuitivo
atesorado y la razón cultivada.
Habíamos sostenido que el talentoso es más
intuitivo porque goza de un inconsciente más
robusto..., pero también podemos sostenerlo desde
esta otra perspectiva: cuenta asimismo con mayor dosis
de intuición porque no hay entropía (confusión,
adulteración) en sus metas e intenciones, y porque
gobierna su atención ad hoc, concentrándose
en la tarea. La intuición se muestra proporcional
a las buenas (sanas) intenciones y a la concentración
e involucración (mindfulness) en el trabajo.
El uso de la atención nos distingue a unos de
otros seguramente más que la propia inteligencia;
desde luego, distingue al trabajador enfocado y comprometido
con su profesión, del trabajador más comprometido
con su jefe. Desde luego, la intuición procura
contribuciones a aquello, orientado al bien colectivo,
sobre lo que depositamos nuestra atención. (Sí,
evitemos hablar de la corrupción, adulteración
o perversión de la inteligencia, y consideremos
la creatividad, la empatía, la perspicacia y
la intuición orientadas a buen fin).
Observemos un caso muy visible de trabajador talentoso:
un buen docente; todos escuchamos atentamente al maestro,
profesor, ponente, conferenciante, storyteller... ¿Qué
es lo que distingue a un profesor nacido para enseñar,
de otro que enseña para vivir? Ambos pueden saber
mucho de su materia, pero el primero sabe cómo
facilitar el aprendizaje de los alumnos: observa sus
caras, les "atiende". Profesor y alumnos se
prestan recíproca atención. El docente
talentoso exhibe una empatía cognitiva y emocional
que sólo se explica desde la intuición
(del vínculo entre la empatía y la intuición
se han ocupado convincentemente diferentes autores).
Así como el docente tiene en sus alumnos a sus
clientes "internos", quienes trabajan en empresas
de cierto tamaño, han de identificar sus clientes
internos y externos, y dejar espacio a su empatía
e intuición. Pero saltemos a otro ejemplo: vayamos
ahora -porque la información es materia prima
esencial en las empresas del saber- a la consulta de
información. Unos trabajadores dan por bueno
lo que dice la información, y por sólido
el conocimiento que de ella derivan a través
de sus particulares esquemas mentales; en cambio otros,
más atentos al significado de los significantes,
despliegan su pensamiento crítico y autocrítico,
riguroso, de calidad, antes de traducir fielmente la
información a conocimiento aplicable, incluyendo
acertadas conexiones, inferencias y abstracciones. Como
la empatía, el pensamiento crítico (distinto,
como se sabe, de la criticidad o el escepticismo) resulta
inseparable de la intuición.
¿Y las ideas? Cuando las empresas piden ideas
a sus personas, hay algunos individuos que se manifiestan,
si no extravagantes y disparatados, ocurrentes y aun
originales; pero hay otras personas, concentradas en
el reto, que se muestran auténticamente creativas
y encajan con rigor la mejor solución en cada
desafío creador. En la economía a que
nos referimos, la creatividad no apunta tanto al brainstorming
como a la autoexigencia, al pensamiento penetrante y
conectivo, al sagaz aprovechamiento de las casualidades,
al pensamiento crítico enfocado tanto a la mejora
permanente como a la innovación en procesos,
productos y servicios. Nada de esto -perspicacia, conexiones,
abstracciones, sagacidad, curiosidad, cuestionamientos,
tenacidad- puede renunciar al refuerzo valioso de la
intuición como iluminación y guía.
Mensaje final
En efecto, en la empresa la intuición no es
exclusiva de directivos, como tampoco lo es la inteligencia
emocional, la cognitiva, el liderazgo o la empatía,
porque seres humanos somos todos: unos dedicados a la
gestión empresarial y otros al desempeño
en sus especialidades técnicas. Las funciones
directivas resultan trascendentales y un directivo talentoso
constituye un gran valor en la nueva y recta economía
del saber; pero el conocimiento -explícito, tácito
e intuitivo- que portan y aportan los trabajadores más
expertos y perspicaces resulta asimismo decisivo, diferenciador.
Parece haber, sí, empresas especialmente ocupadas
con el talento y el liderazgo de sus directivos, y quizá
habría que pedirles, en su caso, que valoren
y aprovechen igualmente el talento disponible en sus
trabajadores. Si aceptamos que la economía del
conocimiento y la innovación precisa todo el
capital humano de las personas, no podemos renunciar
a las facultades y fortalezas que podrían inhibirse
por falta de atención.
Bien entendida, la innovación reclama trabajadores
expertos, que sean aprendedores permanentes y presenten
perfiles similares al que hemos vinculado al talento:
la profesionalidad, el desempeño autotélico,
el afán creador, la sana curiosidad, la intuición
genuina, la sagacidad, la abstracción, la inferencia
perspicaz, la perseverancia y todos otros rasgos cognitivos
y emocionales que ayudan a consolidar el conocimiento
adquirido, a integrarlo en el acervo profesional acumulado,
y a ampliar los campos y dimensiones del saber (know
what, know how, know why, know when, know where, know
who...). Innovar es algo más que renovar o desplegar
cambios.
Si pusiéramos demasiado empeño en hacer
del profesional experto un seguidor, un subordinado,
un recurso, un colaborador, un empleado, un tipo obediente,
un practicante de particulares doctrinas y liturgias
empresariales, entonces podrían desaparecer por
atrofia muchos de estos rasgos atribuidos al trabajador
con talento. O quizá no..., quizá ocurriera
que el trabajador afectado, incapaz de bloquear su talento
y su intuición, pasara, por decirlo así,
a la clandestinidad. En la economía nueva y recta,
el talento técnico resulta muy valioso, pero
tal vez no lo identificamos y valoramos en suficiente
medida.
Desde luego, la economía necesita -acéptese
una perogrullada más- excelentes empresarios,
ejecutivos y directivos: sin ellos, y los hay ejemplares,
no cabe hablar de economía; pero también,
y cada día más, precisa portadores de
conocimiento explícito, tácito e intuitivo,
cuya competitividad individual nutra la colectiva. Aquí,
en este momento, podría recordarse que Peter
Drucker, maestro de maestros, se confesaba horrorizado
por la codicia de los ejecutivos de nuestros días,
y seguramente hay quienes han hecho de la codicia una
profesión; pero estas páginas apuestan
por la mejor expresión profesional de todos,
y en ellas he enfocado el perfil de los trabajadores
talentosos, autotélicos e íntegros -leales
a su profesión-, en busca de entornos catalizadores
y, sobre todo, en beneficio de las cotas perseguidas
de productividad y competitividad.
Ahora que releo el texto antes de darle curso, querría
añadir que no deseo dividir a los profesionales
en talentosos y no talentosos, como ya se dividía,
tiempo atrás y en algunas grandes empresas, a
los jóvenes directivos en dos grupos: "con
potencial" y "sin potencial". He pretendido,
en realidad, destacar el papel diferencial de la intuición
genuina en la era del conocimiento y la innovación;
una intuición enfocada que parece más
probable en los individuos que han heredado una orientación
profesional determinada (no significa que sea la de
sus padres), y aunque no quepa descartarla en otros
casos. ¿Es realmente la intuición el elemento
distintivo clave de los trabajadores con profesión
"heredada"? Ésta sería, sí,
una facultad cognitiva y emocional destacable y a ella
me he referido; pero hay asimismo un elemento emocional
y volitivo fundamental: la lealtad a la profesión.
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